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2016-11-30

Violencia infanto juvenil.

El rol de los orientadores y de los médicos.

La violencia en los jóvenes es el resultado de un largo proceso. No es una casualidad. Podemos destacar dos elementos: una sociedad que paulatinamente se ha ido haciendo permisiva y el proceso de desintegración familiar.

Fundamentos anatómicos y funcionales

Cualesquiera sean los criterios etarios que utilicemos para delimitar lo infanto – juvenil, deberemos tener en cuenta que el cerebro humano está en pleno proceso de maduración en esa época de la vida. La observación y crítica de todas las facetas del comportamiento de los niños y jóvenes, necesariamente deben tener en cuenta el proceso de optimización final del cerebro y el sistema nervioso en general. Este no es el lugar ni el momento oportuno para explayarse sobre este aspecto fundamental de la cuestión que nos convoca.

Sin embargo, podemos recordar que el cerebro está ocupado en una severa ‘poda’ selectiva de dendritas y sinapsis, está efectuando la mielinización definitiva de todas las conexiones cerebrales, y está realizando la estructuración final de áreas esenciales para la conducta como la prefrontal. Para adentrarnos en un tema como la violencia infanto- juvenil, es indispensable tener en cuenta que el cerebro se halla en una etapa que permite y favorece la adopción de posturas conductuales extremas.

Este es el momento de la vida en el que es más frecuente abrazar causas extremas, la santidad o la delincuencia, la pasividad o el riesgo, el egocentrismo o el altruismo aventurado. Es la época en que se celebra la vida en plenitud, y en la que el índice de suicidios alcanza su pico de frecuencia más llamativo. Cuando nos proponemos como observadores, como orientadores o como médicos de esta franja etaria, debemos conocer que el adolescente, particularmente el adolescente, actúa como puede, sobre la base del estado evolutivo de su cerebro. Debemos evitar caer en una determinación inexorable, es conveniente recordar que estamos tratando con un ser humano en efervescencia madurativa.

Dicho en modo poético al estilo de E. E. Cummings: “La más noble e interminable lucha que todo humano debe librar, es la de lograr ser él mismo en un mundo que se empeña al máximo en convertirlo en uno más.” Uno de los puntos culminantes y decisivos de esta gesta se da precisamente en el período de la vida que estamos considerando.

Silencio y comunicación

Sabido es que el ser humano ha logrado su originalidad, en parte, gracias al manejo del lenguaje. La comunicación está indiscutiblemente en la base de la humanización. El lenguaje nos permite comunicarnos, formar alianzas, planificar estrategias comunes; nos permite ser educados y educar. De la comunicación generalmente hacemos un uso instrumental, no conviene olvidarnos del bagaje cultural que subyace al uso de una lengua: “Las lenguas no sólo se ‘emplean’, no son solo valores de comunicación, expresión personal o uso colectivo, contienen la experiencia de los pueblos y nos la transmiten.”1  Comunicación es a la vez, contenido y silencio. Las palabras y los gestos tienen un sentido comunicativo, el silencio es por su parte, la pausa imprescindible que permite el fenómeno de intercambio.

Está plenamente desarrollado y aceptado el hecho de que las palabras pueden ser portadoras de agresiones y violencia. El lenguaje es usado en su modo más ofensivo para agredir, someter, desacreditar, envilecer, en suma para producir la anulación cuando no la aniquilación definitiva del otro. El grito estentóreo acompañado de ojos dilatados, manos en garra, actitud corporal amenazante, aumento de la frecuencia cardíaca y disposición de la fuerza muscular, son lo suficientemente elocuentes como para sustituir la violencia corporal. No deseo ahondar en lo evidente, prefiero centrarme en el silencio.

El silencio puede abrir el espacio de la negación de otro y su palabra. El silencio puede inaugurar un espacio en que la presencia del otro, en sí misma, es negada por medio de la descalificación. ‘No existes para mí’, es la expresión suma del anonadamiento del otro. “La violencia del silencio, en tanto una suspensión del sentido (es sentido pero sobre el fondo de una ruptura del lazo) carece de palabras para contenerla”2  No estamos hablando del silencio que establece pautas fértiles, ni de aquel de la escucha ni la contemplación, hablamos del silencio de supresión del otro como interlocutor. Este silencio resulta letal por su cobardía, su bajeza y su adhesión a lo peor de la naturaleza de los hombres. Se trata de reducir a la víctima al silencio, a su mínima e indiferente expresión de la nada. Es de sabiduría popular que ‘el que calla otorga’. ¿Y qué otorga? Otorga sus argumentos y razones que dejan de tener sentido e importancia, otorga su perspectiva de la vida que se transforma en una ficción absurda, otorga sus convicciones que dejan de ser valiosas para caer en el sinsentido, otorga su persona misma para caer en la invisibilidad. En suma, ante la violencia del silencio, la víctima ‘se otorga’, cede terreno,  se abandona al punto de desaparecer.

El abandono territorial

La violencia en los jóvenes es el resultado de un largo proceso. No es una casualidad. Podemos destacar dos elementos: uno tiene que ver con una sociedad que paulatinamente se ha ido haciendo permisiva y ha dejado transcurrir décadas con una corresponsabilidad indiferente y no ha asumido posiciones. La otra tiene que ver con el proceso de desintegración familiar, algunas veces originado por el trabajo de los padres que se ven obligados a pasar muchas horas fuera de casa.

Esos hijos adolescentes que se quedan sin la figura paterna o materna terminan invirtiendo su tiempo libre y su soledad en relaciones de amistades que no son propiamente las mejores.

Hay un vacío de la presencia familiar e institucional que ha ido construyendo este proceso. De alguna manera, todos somos corresponsables. Algunas familias - hay que animarse a decirlo - han optado por priorizar los recursos económicos antes que la integración familiar.

Los seres humanos y las agrupaciones a las que pertenecemos poseemos un territorio adaptativo en el que se nos permite ser nosotros mismos. Son espacios resguardados en los que rigen normas consensuadas, aceptadas a cambio de la seguridad colectiva y de la disminución de la incertidumbre que el mundo hostil nos propone. Son espacios que para los seres humanos representan ‘su mundo’. Ante la irrupción de la violencia, cedemos terreno, entregamos territorio que dejamos de guardar y defender como propios. Los ‘mundos protegidos’ representados por las familias extendidas, las iglesias, los clubes deportivos, los espacios culturales, la escuela, la unidad básica o las comunidades de base, son acosados por la violencia, y ‘el que calla otorga’, se cede terreno,  se entrega el territorio. Todo espacio que no se ocupa tiene ‘terror al vacío’, es  una ley física. Por lo tanto, en esta puja entre el agua de la violencia y el aceite de ‘nuestros mundos’ las gotas, a fuerza de perder y perder terreno, se van reduciendo a su mínima expresión.

En este estado de cosas es menester estar advertidos de esta realidad, está en juego nuestra individualidad, nuestra pertenencia a agrupaciones en las que nuestra condición de seres humanos se ve potenciada, se encuentran asechados los espacios en los que podemos ‘ser’. Es necesario recuperar esos territorios por el bien de todos. Resulta imperativo recuperar y sanear los espacios de contención de lo humano. La familia, el club, la parroquia, deben cuidados y potenciados. Estos ‘lugares’ deben ser recuperados como refugios de ‘hospedaje’, como sitios en los que se debate libremente, en los que el niño y el adolescente se pueden expresar sin miedos y sin vergüenzas.

El grito de pedido de ayuda existe, y no es escuchado por una sociedad indolente o por estructuras en las que la violencia también se enseñorea. El silencio cómplice amordaza la llamada de auxilio.

Como orientadores y como médicos, tenemos la enorme tarea de estar en paz para poder proponer la paz. Nuestra misión, además de la contención del sufriente, es ir por el desenmascaramiento de los violentos. Se trata de proteger al sufriente saneando a la vez, las estructuras de injusticia y las instituciones inoperantes u obsoletas.

La lógica no es de nosotros contra ellos, sino la de nosotros en convivencia con los que aspiran a su propio espacio de desarrollo que acaso pueda coincidir pacíficamente con el nuestro. En este contexto quizá tenga especial valor la exhortación de Francisco en Brasil: “Salgan a las periferias, hagan lío” Hacer lío en el contexto de este trabajo, incluye la férrea voluntad y las estrategias de acción necesarias para recuperar el territorio perdido, el territorio ocupado por la violencia aniquilante.

Concluyendo

La violencia solo cederá ante propuestas pacíficas de reencuentro, ante posturas de genuina negociación, ante el reconocimiento de los otros como genuinos otros. Creo que esta es la misión de los que tratamos con niños y adolescentes como orientadores y médicos. Exhortar al descubrimiento de la realidad, estimular la diferenciación, la originalidad y el respeto por lo diferente. Atender y escuchar desde nuestra propia plasticidad y adaptación. Sugerir, sólo sugerir, cursos posibles de acción, tanto a nivel del desarrollo y el fortalecimiento individual, cuanto grupal. Los niños y los adolescentes no necesitan cómplices, ya los tienen. Necesitan ser escuchados desde la experiencia, valorados en sus particularidades, estimulados y advertidos en sus intentos, y acogidos amorosamente en sus frustraciones y silencios.

En un reciente artículo del New York Times, el autor encontró esta respuesta acerca de la razón de la alegría de Francisco: “Hay que reducir un poco la velocidad en la vida. Tomarse un tiempo libre. Vivir y dejar vivir. No hacer proselitismo. Trabajar por la paz. Trabajar en un empleo que ofrezca una dignidad humana básica. No aferrarse a sentimientos negativos. Moverse con calma y esperanza por la vida. Disfrutar del arte, de los libros y de la alegría.”

 

Quizás, si los adultos viviéramos aunque más no sea en parte estas premisas, nuestros niños y adolescentes pudieran entrever un mejor futuro.  

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